Mi trabajo se configura como un reflejo directo de mi experiencia vital. Parte de la elección de una imagen que, en un primer momento, analizo y transformo digitalmente mediante ajustes de color, saturación, contraste y valores, buscando una estética específica que posteriormente traslado al ámbito pictórico. La imagen digital no es para mí un fin en sí mismo ni un contenedor de significados ocultos, sino un punto de partida: una herramienta, un material desde el cual iniciar el proceso de pintura. Mi interés se centra menos en qué representar y más en cómo hacerlo. La pintura se convierte así en un medio para explorar una estética determinada, donde la armonía cromática y la construcción de atmósferas dialogan con la referencia fotográfica. A través de la práctica pictórica, busco aquello que la imagen digital no puede ofrecer: la mancha, la gradación escalonada del color, la materia, el relieve y la fisicidad del gesto. Asimismo, me interesan las posibilidades formales de lo digital: fragmentaciones, cortes limpios, colores saturados e irreales que enriquecen la composición y generan espacios ambiguos. La combinación de múltiples imágenes introduce complejidad y permite construir una narrativa más personal. Durante el proceso, la imagen original pierde su función inicial y emergen nuevas inquietudes ligadas a la pintura misma: la plasticidad de la materia, las texturas y la presencia del gesto. Exploro contrastes entre zonas diluidas y densas, superficies raspadas y áreas más trabajadas, alternando ritmos y direcciones de la pincelada. En definitiva, mi práctica es una búsqueda constante de formas de representar la realidad desde lo pictórico.