Crónicas Derechos Humanos 2026

2026 va camino de convertirse en uno de los años más convulsos de nuestra historia reciente. Por eso mismo, un Festival como el de Cine y Derechos Humanos de San Sebastián resulta más urgente que nunca, con sus películas y documentales que nos confronten con realidades y utopías. Y es que, como ilustra el cartel de esta 23ª edición, tal vez el cine sea una rama de olivo que un arma de guerra indiferente se lleve por delante. O consiga detener momentáneamente.
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En 2020 Vanessa Springora incendió el panorama literario con la publicación de El consentimiento, autobiografía en la que desgranaba la relación que mantuvo con el escritor Gabriel Matzneff cuando ella tenía 14 años y él 49, un abuso sexual cometido a ojos vistas con la complicidad de parte de la élite intelectual francesa. En la película homónima, la cineasta Vanessa Filho adapta esas memorias en un film que involucra al espectador sin caer en la sordidez gracias a las interpretaciones de Kim Higelin como víctima atrapada entre expectativas, engaño y confusión, y un escalofriante Jean-Paul Rouve a modo de mefistofélico deprepador. Es cierto, Filho no termina de enmarcar del todo el retrato de su protagonista pero -como el #MeToo que el libro de Springora o el caso de Gisèle Pelicot desataron- demuestra que algo han tenido que cambiar las cosas cuando esta historia se revisa desde una incredulidad indignada. Porque cuando la gente no está dispuesta a ver, no caben espacios en sombra.

Túnez se ha convertido en lugar de paso y prisión de muchos migrantes del África subsahariana en su camino hacia Europa, hogar de una amalgama de comunidades detenidas en una tierra de tránsito que tampoco les acoge. De comunidad y resiliencia habla precisamente Promis le ciel, en la que la cineasta Erige Sehiri filma un drama coral observacional, casi documental en su costumbrismo, a través de la historia de tres compañeras de piso, cada una con sus sueños, resignaciones y asideros vitales para seguir adelante, ya sean la religión, la amistad o el puro afán de supervivencia. Sin grandes aspavientos y aupada en gran medida por el trabajo de las actrices Aïssa Maïga, Deborah Christelle Naney y Laetitia Ky, Promis le ciel se convierte un delicado film humanista y femenino en el que, además de la sororidad, sobrevuela un profundo retrato psicológico de lo que significa construir hogares en limbos migratorios. Y una verdad susurrada: si algo nos salvará, serán los otros.

1936 supuso un antes y un después para una Palestina todavía bajo dominio colonial, germen del conflicto árabe-israelí que se extiende hasta nuestros días. En su última película, Palestina 36, la cineasta Annemarie Jacir construye un fresco de aquél mandato británico que derivó en revuelta árabe a través de pequeñas historias particulares entrelazadas. Lo hace con un reparto plagado de secundarios de lujo -Hiam Abbas, Jeremy Irons, Robert Aramayo o Liam Cunningham- y hechuras de drama histórico clásico. El resultado es un film coral concebido a modo de viñetas cuya dispersión termina perjudicando el ritmo narrativo de un guión con muchas derivadas donde el pegamento se nota demasiado. Y aunque lo cierto es que funcione bastante mejor como exhaustiva lección de historia que como drama de héroes y villanos, uno no puede más que admirar la ambición de esta película que -no era sencillo- trata de leer el pasado para explicar nuestro presente.

El cine de animación siempre ha sido un vehículo excepcional para hablar de infancias arrebatadas por la guerra. A esa larga lista de películas como Funan, El pan de la vida o La tumba de las luciérnagas se suma Allah n’est pas obligé, adaptación libre de la novela de Ahmadou Kourouma en la que el cineasta Zaven Najjar cuenta la historia de un niño soldado a la deriva entre las fronteras de Costa de Marfil, Liberia y Sierra Leona. Lo hace desde un punto de vista sorprendente, tanto por la ironía que tiñe el relato en primera persona de su pequeño protagonista, como por sus dibujos coloristas que abrazan sin edulcorantes el viaje por esa África del conflicto eterno, étnico, religioso o -la mayor de las veces- monetario. El resultado es una biografía tan íntima como universal, otra más de las de esos 300.000 niños que, se estima, puedan estar vinculados a conflictos armados en el mundo. Porque, efectivamente, Alá no está obligado a ser justo con todas las cosas que ha creado aquí abajo.

Ciudad reivindicativa donde las haya, Glasgow ha demostrado en muchas ocasiones su solidaridad con propios y ajenos. Lo hizo con el boicot de esos obreros que se negaron a reparar los aviones del régimen de Pinochet a mediados de los setenta y Felipe Bustos Sierra rescató en el documental ¡Nae pasaran! En Everybody to Kenmure Street, el cineasta chileno-belga regresa a la ciudad Escocesa con un suceso mucho más prosaico y cercano en el tiempo: la detención de dos vecinos del barrio de Pollokshields por parte de una brigada de extranjería al que la propia ciudadanía puso cerco. El resultado es un trabajo que habla de resistencia no violenta y militancia urgente al punto de hacer participe al espectador de la protesta como si estuviese presente, muy especialmente gracias al estupendo montaje en tensión cronológica de las imágenes grabadas por los propios manifestantes. Y más importante, apelando a la esperanza de que -a veces- nuestras pequeñas acciones puedan cambiar el mundo.

De Boys Don’t Cry a Laurence Anyways, el cine ha explorado en numerosas ocasiones relaciones sentimentales que trascienden de géneros. En esa liga juega Iván & Hadoum, en la que el director Ian de la Rosa construye una historia de amor ambientada en la Almería de los invernaderos entre una mujer trans a las puertas del ascensor social y una temporera de origen marroquí. Les dan vida los actores Silver Chicón y Herminia Loh Moreno con unas interpretaciones contenidas, partícipes de un amor que se descubre en el deseo y cuyo principal escollo no es la habitual aceptación del entorno. Y es que, si bien está presente, lo más destacable de este drama es que su temática queer se integre en una pluralidad de encrucijadas identitarias -raciales, geográficas o de clase-, decisión del todo consciente. Porque lo que más le interesa a esta película es averiguar si, como le sucedía a Romeo y Julieta, somos esclavos de nuestros anclajes de origen o el amor puede terminar venciendo al mayor de los convencionalismos que es el capitalismo.

Mientras paseaba por Madrid, la actriz Bàrbara Mestanza consiguió verbalizar la agresión sexual que había sufrido años atrás en aquellas mismas calles, un torrente de emociones que desbordó en Sucia, primero obra de teatro, después novela, ahora documental. Haciendo gala de su polifacética personalidad, Mestanza y el cineasta Marc Pujolar han rodado un film que funciona como complemento y exploración de sus predecesores, un relato cambiante en primera persona que se ramifica en reportaje de investigación, drama judicial o rabiosa exploración personal. Y es precisamente en su piel desnuda donde esta película remueve, porque Sucia no solo denuncia algunos ecos de la violencia contra la mujer como la incomprensión o la necesidad de performar la condición de víctima. Es también un trabajo valiente y descarnado que termina hablando del arte como exorcismo y herramienta de sanación frente a esa eterna pregunta: ¿Por qué no hiciste nada?

De todos los criminales nazis que huyeron al exilio, uno de los más conocidos fue Josef Mengele, que terminó sus días apagándose en Sudamérica. Adaptando la novela de Oliver Guez, The Disappearance of Josef Mengele lo retrata en una serie de viñetas y saltos temporales en los que el protagonista aparece como un ser indescifrable en su cotidianidad, al que da vida un estupendo August Diehl a lo largo de las décadas y la decrepitud. El director Kirill Serebrennikov utiliza un blanco y negro saturado y una puesta en escena congelada a modo de autopsia que acentúa esa imposibilidad de profundizar en un hombre devorado por sus demonios e incapaz de aceptar su naturaleza. Y puede sorprender este acercamiento tan poco convencional a una historia que daba para biopic al uso, pero no es una elección casual. Esta película parece ser consciente de que no se puede iluminar el interior de un monstruo. O tal vez de que, cuando uno mira al abismo, el abismo te devuelve la mirada.

Cuando se habla de dramas médicos, siempre me viene a la cabeza Say Hello to Black Jack, indispensable manga de Shuto Sato en el que un médico primerizo descubre que los principios personales congenian mal con el protocolo. Dilema parecido se le plantea a la protagonista de L’intérêt d’Adam cuando una madre y su hijo hospitalizado son acorralados por los servicios sociales. Al igual que hiciera en Un monde, el segundo largometraje de Laura Wandel vive en un universo cerrado, que expone aquí las difíciles condiciones de las profesionales sanitarias a través de la enfermera -personaje casi absoluto- que encarna una Lea Drucker al borde de la erupción. Pero si este drama inmersivo de cámara pegada a la piel cuestiona la rigidez de un sistema que ningunea a las personas sin emitir juicios morales, tampoco olvida que el verdadero problema de toda sanidad pública está en los recursos. Porque el interés de Adam es, al fin y al cabo, el de la cinta transportadora. Y si no, que se lo pregunten a Ayuso.

En Traidor en el infierno (1953), Suiza era un refugio al que querían escapar el grupo de prisioneros capitaneados por William Holden. Aunque À bras-le-corps comience explicando que la neutralidad del país alpino durante la Segunda Guerra Mundial fue un posicionamiento político cuestionable, lo cierto es que la cineasta Marie-Elsa Sgualdo se limita a usar ese contexto histórico como telón de fondo para desarrollar el drama de su joven protagonista, una formidable Lila Gueneau Lefas de inocencia interrumpida. Su relato es un amargo coming-of-age sobre las injusticias del patriarcado social y la culpa heredada, pero también sobre el valor y la dignidad de quienes les plantan cara. El mayor logro de esta opera prima en la que emergen a ratos otras historias está precisamente en la reivindicación de un tipo de resiliencia completamente distinta de la del film de Billy Wilder: la resistencia silenciosa, la sororidad sin barreras y el feminismo empoderante desprovistos de toda épica.

Al momento de escribir estas líneas, el fantasma del coronavirus vuelve a aparecerse a raíz de la crisis sanitaria del crucero MV Hondius. No quita para que en el año 2026 una historia pandémica como la que el director búlgaro Stephan Komandarev cuenta en Made in EU pueda parecer algo anacrónica. Barco arriba o abajo, lo cierto es que todo lo que aflora en este drama social en torno a la trabajadora de una fábrica textil arrastrada al ostracismo por presunta paciente cero -magnifica Gergana Pletnyova- sigue estando vigente. Y es que a uno le gustaría creer que el malo de este film gris, directo y descorazonador es el COVID, la Europa de las dos velocidades, las multinacionales, el jefecillo cabrón o la maldad de la gente ataviada con el traje de la policía del balcón en busca de cabezas de turco. Que nadie se equivoque. Nada más lejos de la realidad, como reflejo de todas esas caras, el auténtico villano de esta historia es el mismísimo capitalismo. No salimos, ni saldremos, mejores.

Un 23 de julio de 1987, la miembro de ETA Luzia Urigoitia murió en un tiroteo con la Guardia Civil en una vivienda de Pasaia, hechos sobre los que regresa Lutxi eta zuhaitza. Ahora que el recuerdo de la banda terrorista va desapareciendo a ojos de las nuevas generaciones -más allá de aquellos que siguen utilizando a sus víctimas y victimarios como arma arrojadiza- el director Lander Garro ha tratado de arrojar algo de luz sobre aquella operación policial con visos de asesinato de Estado a sangre fría. Lo hace con una propuesta a medio camino entre documental, true crime y reivindicación político-poética que no pretende ocultar en ningún momento su militancia, como tampoco pueden esconderse esos otros espacios en sombra en los que prefiere no entrar. A pesar de eso, sigue siendo un trabajo necesario en estos tiempos de polarización para reflexionar sobre la memoria histórica de todas esas violencias impunes que siguen extendiéndose hasta nuestro presente.

En 2018 un trágico suceso que involucró a un grupo de migrantes y una persecución policial conmocionó a la opinión pública belga en lo que se vino a conocer como el asunto Mawda. En L’Enfant bélier, la directora Marta Bergman desempolva aquél episodio para hablar de esa Europa cada vez más cerrada en la que los sin papeles se han convertido en protagonistas anonimizados. Lo hace con una película que juega al contraste de tonos y la acumulación de puntos de vista, arrancando con una sensibilidad documental cercana al cine social de los hermanos Dardenne para terminar convirtiéndose en un asfixiante thriller nocturno. El problema de la propuesta no es tanto que sus tonos no congenien como que no termine de cerrar ninguna de las historias que comienza. Tal vez sea lo suyo cuando, agotadas las condolencias institucionales de turno y los titulares indignados, las vidas de quienes han conseguido cruzar la frontera siguen varadas en tierra de nadie.

Hay una ilustración del español Luis Quiles titulada “breve historia de la mujer en las religiones” que ironiza de forma contundente sobre cómo el género femenino ha estado sometido por dioses y creencias desde tiempos inmemoriales. Con el mismo espíritu de denuncia y sarcasmo parece trabajar la activista Inna Shevchenko en Girls & Gods, seguida por las cámaras de las directoras Arash T. Riahi y Verena Soltiz mientras recorre el mundo en busca de distintos puntos de vista sobre feminismo y religión. El resultado es un film vibrante que termina llamando al entendimiento entre diferentes y regala enfoques tan particulares como los de una rabina trans neoyorkina, un club de debate donde la fé musulmana confronta los Derechos Humanos, una miembro de las Pussy Riot o unas manifestrantes pro-vida. Pero sin duda, los más interesantes son los de aquellas personas que han decidido emprender caminos propios en los que la espiritualidad sirve para abrir puertas donde hubo muros. Como decir que, si Dios existe, será mujer.

De todos los países que sufren las consecuencias del cambio climático, uno de los más afectados es Bangladesh, cuyas tierras se van hundiendo poco a poco para sufrir la mayor migración humana de la historia. El cineasta Natxo Leuza ha capturado esta catástrofe en una docu-ficción presentada como alucinante visión apocalíptica. Y es que las imágenes que Black Water deja en la retina del espectador son absolutamente hipnóticas en su poética del desastre. Con una espectacular fotografía al punto de la abstracción, el futuro de esos refugiados climáticos se convierte en una colección de cuadros proféticos que remiten al Diluvio Universal o la balsa de la Medusa, la insignificancia del ser humano ante un final inexorable. Tan potentes son que cuando se alejan de de esa familia pobre cuya madre debe mudarse a una ciudad fagocitadora, la película pierde algo de fuerza. Con todo, una propuesta muy especial que explica que, aunque las víctimas siempre sean las mismas, llegado el momento nadie podrá abandonar el barco.

Pocas películas han expuesto con tanta sensibilidad la fragilidad de la sociedad norteamericana en tiempos de necesidad como Nomadland. Parecida en espíritu es Rebuilding, en la que Max Walker-Silverman explora la relación entre un cowboy al que un incendio ha arrebatado su estilo de vida y su hija, estupendo Josh O’Connor de rostro impasible y sempiterna tristeza en el fondo de la mirada al que acompañan Meghann Fahy, Amy Madigan o la pequeña Lily LaTorre. El director lo cuenta con hechuras íntimas y los paisajes abiertos de un western sobre la pérdida y la necesidad de reinventarse como única resistencia posible. Pero al igual que sucedía en la película de Chloé Zhao, este drama indie habla también del poder de la comunidad y las redes de apoyo en un país donde el estado del bienestar no sostiene a los eslabones débiles de la cadena. Tan pequeña y triste como hermosa y contenida. Y en lo que deja tras el poso de sus cenizas humeantes, también esperanzadora.

Mi TOP del 23º @GizaZinemaldia:
1.- Rebuilding
2.- Girls & Gods
3.- L’intérêt d’Adam
4.- Black Water
5.- Made in EU
Textos: @Fer_Iradier