Crónicas Zinemaldia 2026

A un año de cumplir su 75 aniversario, el Festival Internacional de Cine de San Sebastián llega a un periodo de transición con la despedida de nuestro querido José Luis Rebordinos y el nombramiento de Maialen Beloki como nueva directora del certamen. Son cambios que no afectarán demasiado a un Zinemaldia consolidado desde hace tiempo como uno de los mejores encuentros cinematográficos del mundo. Una vez más, nos hemos metido entre pecho y espalda 43 proyecciones, de las que más de 30 nos han parecido de notable para arriba. Vamos con ellas.
18 DE SEPTIEMBRE
Andrey Zvyagintsev se ha convertido en cronista en el exilio del aplastamiento de la sociedad rusa por parte de sus políticos y millonarios sin alma, temática abordada en films como Elena, Leviatán o Sin amor. Con el telón de fondo de la guerra de Ucrania y sus reclutamientos forzados, Minotaur sigue fiel a la gélida puesta en escena del cineasta, aquí, casas de diseño acristaladas que no consiguen detener el frío del exterior ni dejar fuera los zapatos manchados de barro, como tampoco puede maquillarse la violencia soterrada en torno a una mesa familiar. Y es que detrás del derrumbe matrimonial de esta película con derivadas criminales se esconde una parábola glacial, despiadada, milimétrica y demoledora sobre la podredumbre moral de la oligarquía rusa y sus laberintos sin salida. Entre La mujer infiel de Chabrol y el Dostoievski de Crimen y castigo. Y sin la aprobación de las autoridades competentes, se entiende.

Una década llevaba Na Hong-jin sin estrenar largometraje, desde aquella The Wailing en la que thriller rural policiaco y folk horror se entremezclaban en un film fascinante que jugaba al despiste con el espectador. Con Hope el surcoreano ha regresado a la palestra para cascarse una monster movie que acelera su suspense inicial con espectaculares secuencias de acción, gore festivo, regusto a western y comedia negra de héroes ineptos marca de la casa, amén de otras referencias cinematográficas que no podemos mencionar a riesgo de reventar media película. Y es que esta es una de esas a las que hay que llegar virgen. Cierto es, a lo largo de sus 160 minutos la fórmula termina haciéndose repetitiva, pero tanto los giros del guión como su tramo final -entre el troleo más absoluto y la posibilidad de secuela- merecen la espera. Dicho de otro modo, el que no la disfrute es porque no quiere. ¡Ojalá en el @horrorfestival!

En 2010 la dibujante canadiense Sarah Leavitt publicó Tangles: A Story About Alzheimer’s, My Mother and Me, aclamada novela gráfica en la que abordaba una enfermedad familiar entre el drama, la ternura y el humor negro. Aunque lo primero que viene a la cabeza al hablar de su adaptación animada sea Arrugas, lo cierto es que Tangles se acerca mucho más al Persepolis de Marjane Satrapi en lo que a elevar el arte del cómic original se refiere. La directora Leah Nelson consigue que sus colores acromáticos de trazo limpio caminen entre lo cotidiano y el surrealismo de unas secuencias oníricas en las que la realidad se desmorona al tiempo que lo hace el mundo interior de sus protagonistas, con ayuda de la estupenda música del compositor Dan Romer. El resultado es una película dolorosa y emocionante a partes iguales sobre la memoria que desaparece y la que, a pesar de todo, perdura dentro de nosotros. Delicada, triste y muy hermosa joya animada.

Cuando Thomas Mann llegó a Estados Unidos huyendo del régimen nazi, pronunció la famosa frase: “Donde yo esté, está Alemania”. En 1949 el premio Nobel regresaría del exilio a un país dividido ya en bloques, suceso que Pawel Pawlikowski cuenta en Fatherland. Como en los últimos trabajos del cineasta, Ida y Cold War, la melancolía atraviesa cada fotograma en blanco y negro de esta película, esos encuadres rotundos en 4:3 por los que desfilan el escritor y su hija, estupendos Hanns Zischler y Sandra Hüller, mientras recorren un país que ya no reconocen como propio en su interior, vacío, ceremonial y desgarrado como ellos mismos. Su road movie quiere capturar algo entre lo histórico, lo emocional y lo inescrutable pero, a pesar de su apabullante belleza formal, Pawlikowski no termina de fascinar más allá de una metáfora evidente. La patria está donde está el corazón, pero algunos corazones rotos no pueden volver a latir.

El Premio Donostia a Naomi Watts llegaba acompañado de The Housewife, drama a cargo del debutante Ben Shirinian en torno a un caso fascinante: el descubrimiento de una supuesta criminal de guerra nazi camuflada como inmigrante modelo en la mid class estadounidense de los años sesenta. Lo cierto es que funcionan mucho mejor estos hechos reales que el duelo interpretativo y psicológico que Watts mantiene con el joven periodista al que encarna Tye Sheridan. Entre la duda y la seducción, es un personaje que distrae de la historia principal, cambia constantemente el enfoque del film y elimina toda sutileza posible. Porque uno tiene la sensación de que esta película, tan solvente como televisiva, podría rascar bajo la fachada de su sociedad perfecta para terminar encontrando el horror de las políticas anti-migratorias de la era Trump. O en lectura actual, que detrás de cada tradwife pueda haber una nazi escondida.

Nada menos que siete remakes internacionales -Italia; Suiza; Francia; Republica Checa; Rusia; Holanda; y hasta Corea- tiene ya Sentimental, la película de Cesc Gay sobre su propia obra de teatro, Los vecinos de arriba. A esta lista se suma ahora Estados Unidos con The Invite, a cargo de Olivia Wilde. El número de versiones nos da una idea de la potencia de un guión al que le basta un escenario y cuatro actores para bordar una falsa comedia romántica sobre relaciones de parejas en crisis y situaciones incómodas. Aquí se ocupan de ello la propia directora, Seth Rogen, Penélope Cruz y Edward Norton, todos ellos geniales pero especialmente los dos últimos. Sin ser, evidentemente, del todo novedosa ni incidir en idiosincrasias concretas, consigue sacarle algo más de chispa y amargura al material original. Y lo que de verdad importa, arrancar al espectador unas buenas carcajadas. Que tomen nota los de los ocho apellidos.

19 DE SEPTIEMBRE
De las inabarcables propuestas de la ciencia-ficción, una de las más interesantes consiste en situar a personajes ordinarios frente a alteraciones del tiempo y el espacio. Eso mismo hace 5 minutos más cuando confronta a un matrimonio de casa rural necesitado de terapia de pareja con un torbellino espacio-temporal a modo de reset eterno, leyes físicas que el ingenioso guión de Berto Romero se empeña en cumplir a rajatabla con divertidos y terribles resultados para el reparto formado por el mismo Berto, Belén Cuesta y un Javier Cámara pasadísimo de rosca. Curtido en el campo de la comedia fantástica, el cineasta Javier Ruiz Caldera consigue un equilibrio perfecto entre el humor negro y el mejor ¿What If…?, a medio camino entre Los cronocrímenes, Atrapados en un bucle infinito y un episodio de The Twilight Zone. Da gusto ver una propuesta de sci-fi española tan pura, desquiciada y juguetona. En el @horrorfestival hubiese optado a clarísimo premio del público.

Los samis son un grupo étnico de Laponia cuya cultura está íntimamente ligada a sus renos. En esta comunidad en peligro de extinción se desarrolla Brace Your Heart, cuya joven protagonista se convierte de la noche a la mañana en heredera de un rebaño de difícil gestión. La cineasta Amanda Kernell rueda un film que evoluciona del tono documental al drama contenido con la cámara siempre pegada a la piel de la actriz no profesional Elli Sara Valkeapää, personaje atrapado en un entorno patriarcal donde la violencia sexual y la tradición parecen sepultar cualquier vía de escape. Si esta historia funciona es sobre todo gracias al naturalismo de su interpretación, llena de silencios y miradas tras los que se esconde una inexplicable fuerza interior. Y es que este peculiar coming-of-age en la ventisca habla, en definitiva, de abrirse camino sobre un hielo que cruje. Fría, cruda y resiliente como un invierno en Suecia.

Francia parece haber encontrado una fórmula de éxito llevando al cine sus clásicos literarios en forma de blockbusters, películas recientes como El conde de Montecristo o Los Tres Mosqueteros. En esa liga juega también Los Miserables, que casi coincide en cartelera con el Jean Valjean de Éric Besnard. Con sus hechuras de superproducción, sus actores de renombre y su melodrama y épica solemnes, el film de Fred Cavayé apuesta por una adaptación canónica y concienzuda de la obra de Victor Hugo, sostenida en gran medida por un imponente Vincent Lindon. Funciona muy bien su acumulación de acción, lágrimas, comedia y romance, que no pretende engañar al espectador con relecturas que no sean las del poder del relato. Y sí, algunos dirán que hasta el aplastamiento y con un cine propio de otros tiempos, pero que sus tres horas de duración no cansen -ni siquiera en las butacas del Kursaal- dice mucho y muy bueno de ella.

En los estertores de la Segunda Guerra Mundial innumerables civiles alemanes se quitaron la vida antes de tener que enfrentarse a las represalias de unos vencedores por llegar. Krux captura aquél clima de paranoia y horror crecientes en un pequeño pueblo rural como si de un cuento de terror gótico se tratase. Desde la boda post-mortem con la que arranca el film, la cineasta Ulrike Tony Vahl plantea poderosas metáforas visuales e inquietantes paisajes en el limbo a modo de fábula macabra en la que los monstruos parecen quedar fuera de plano sin que nadie advierta que en verdad siempre estuvieron dentro de casa. Cierto es, a veces los personajes no terminan de desarrollarse como debieran, convertidos en figuras que pasean por ese universo cerrado a modo de diorama. En cualquier caso, una estupenda ópera prima que, por su atmósfera, recuerda a El sonido de la caída de Mascha Schilinski. Fascinante, fantasmal y perturbadora.

Le pese a quien le pese, el fantasma de Federico García Lorca sigue sobrevolando nuestro país. Eran conscientes de ello Javier Ambrossi y Javier Calvo cuando decidieron abordar su figura en La bola negra, al tiempo, reinvención imaginada de una obra inacabada y retrato de esa España de memorias históricas y personales silenciadas. Y aunque en su película funcione mejor el simbolismo mágico y la trama de la guerra que la línea temporal del presente, cómo todas confluyen da un sentido pleno al conjunto. Las potentes imágenes del film son además correspondidas por la entrega del reparto, especialmente Guitarricadelafuente. Los Javis siguen creciendo en este apabullante drama queer lorquiano sobre la memoria del amor y la identidad, un poema fílmico ambicioso, solemne, excesivo, disperso pero, sobre todo, apasionado. Tratándose de Federico, no podía ser de otro modo. Lo dejó escrito: Hay cosas encerradas dentro de los muros que, si salieran de pronto a la calle y gritaran, llenarían el mundo.

20 DE SEPTIEMBRE
El 16 de septiembre de 1955 un golpe de Estado derrocó al gobierno de Perón para instaurar una dictadura que se extendería hasta 1958. En Glaxo, el argentino Benjamín Naishtat cuenta una historia de miradas al pasado, triángulos amorosos y traiciones ambientada en aquella Revolución Libertadora, certificando lo bien que se le dan los thrillers históricos que ya tocó en El movimiento y Rojo. Aquí lo hace adoptando la forma de un coming-of-age maquillado de cine negro, desde el siniestro personaje que encarna Marcelo Subiotto a modo de policía corrupto al de Lali Espósito, evidente mujer fatal. E incluso la música del maestro Shigeru Umebayashi, que trae a la cabeza el neo noir romántico de Wong Kar-wai. Y aunque la dimensión política del film y su conversación entre épocas no terminan de encajar del todo, el verdadero jugo de este relato está en sus claroscuros. Como en las mejores películas de detectives condenados al infierno.

Con tan solo dos largometrajes en su haber, el belga Lukas Dhont se ha convertido en todo un retratista de masculinidades y deseos en los márgenes. En Coward lo hace en un terreno tan hostil como las trincheras de la Gran Guerra, desgranando el drama de dos soldados que se descubren y reconocen en mitad de ese coraje impostado que se presupone a los hombres. Las soberbias interpretaciones de los debutantes Emmanuel Macchia y Valentin Campagne llevan el peso de la película, encendiendo la mecha de una relación que es, al mismo tiempo, representación, vulnerabilidad, historia de amor, tabla de salvación y condena. Bastante más ambiciosa -y algo menos lograda- que Girl y Close, un tanto alargada y con una magnífica fotografía de Frank van den Eeden, sigue siendo un film íntimo de miradas y cámara a flor de piel que nos cuenta que el verdadero valor consiste en vivir conforme a los dictados de nuestro corazón.

A Aritz Moreno le venimos siguiendo la pista desde que se sentaba en las butacas del Principal. Es, por así decirlo, uno de los nuestros. Pudiera parecer que su Karateka es un film de encargo en las antípodas de Moscas y Ventajas de viajar en tren, obras propias en las que nos atizaba con su humor negro y salvaje, pero lo cierto es que bajo su factura para todos los públicos esta película cuenta con no pocos atractivos. Para empezar, la increíble historia de Sandra Sánchez, que justifica por sí sola este biopic. También las interpretaciones de Andrea Ros y Patrick Criado, pura química. Pero lo que termina de convencer es que Moreno cuente este relato de superación bigger tan life como una mezcla entre Karate Kid / Cobra Kai, spokon japonés a ritmo de katas (¡ay, ese homenaje musical a Kiki’s Delivery Service y Suzume cuando suena el city pop de Yumi Arai!) y vibrante cine comercial patrocinado por Warner y Netflix. Es decir, un disfrute.

El Patronato de Protección a la Mujer fue una institución utilizada por el franquismo como centro de internamiento para adolescentes, en la práctica, arma de represión regentada por una policía de la moral religiosa activa hasta 1984. Daniel Monzón lo cuenta en Ruega por nosotras a través del encarcelamiento de una niña bien, a medio camino entre el retrato histórico de Las leyes de la frontera y el thriller carcelario de Celda 211, intentos de fuga y madre superiora a modo de alcaide malvado incluidos. Es una lástima que, a pesar de la entrega de las actrices Zoe Bonafonte y Manuela Calle, el enfoque del film termine derivando en el peor melodrama, a base de unos golpes de efecto que provocan risas involuntarias. Y es que cuando algo es verdad pero no hay quién se lo crea en pantalla, mal vamos. Recomendada para los defensores de la lectura clerical de Los domingos, la generación de cristal y los del mazo dando. Joder con las monjitas.

En el universo de la escritora Mariana Enríquez -soy fan- conviven los tropos del terror con el cosmos latinoamericano, relatos en los que se mezclan apariciones y desaparecidos, casas encantadas y villas miseria, sobrenatural y cotidiano, ecos del pasado y urgencias del presente. Siguiendo el camino iniciado por Laura Casabé en La virgen de la tosquera, solamente Pablo Larraín podía adaptar a una escritora tan peculiar como lo hace en Mis muertos tristes, reunión de historias en torno a una médico jubilada con poderes de médium y coraza para soportar una sociedad que se derrumba a la que da vida una tremenda Mercedes Morán. Dejando a un lado el debate estéril de si película o miniserie reconvertida, hipnotiza cómo la cámara hiperrealista de Larraín retrata con dureza, ternura y humor a los fantasmas familiares heredados y colectivos de esa Argentina que olvida. Porque primero llegó el silencio, después el olvido y finalmente el fascismo.

21 DE SEPTIEMBRE
En su famoso elogio de la sombra, el escritor Junichiro Tanizaki cristalizó toda una tradición japonesa de la contemplación, el detalle y los matices que convierten en arte cada pequeño gesto cotidiano, filosofía de vida que hace poco representaba Wim Wenders en Perfect Days. Algo de eso hay también en In My Father’s Room, en la que la cineasta Maha Harada narra un duelo familiar como si de un descubrimiento se tratase, como la revelación del que observa un jarrón, una ceremonia del té, un jardín zen o un cuadro abstracto colgado en la pared hasta que termina revelando su secreto. No es propuesta para todos pero es innegablemente hermoso que donde otros diseccionarían la oscuridad de una sociedad -también la nuestra- llena de máscaras, individualismos y soledades, esta película prefiera hablar del paso del tiempo y lo que quedará de nuestros mundos interiores cuando nos marchemos. Pura poesía en la mirada.

Como depositario del New Queer Cinema, Ira Sachs es uno de los directores que mejor ha indagado en las sensibilidades de la comunidad LGTBIQ+. No se queda atrás The Man I Love explorando el amor y la muerte en una Nueva York de los ochenta a través de la pareja formada por Tom Sturridge y un Rami Malek al punto de ruptura cuya interpretación bien vale la película. De lo general a lo particular y viceversa, Sachs consigue trasladar la atmósfera crepuscular de un tiempo que desaparece pero todavía brilla en el recuerdo a esta historia que, más allá de sexualidades, habla de aferrarse a la vida frente al abismo como uno buenamente pueda, con entrega, egoísmo, representación, abnegación, deseo o locura. Y lo hace deconstruyendo en el proceso a unos personajes no siempre amables o comprensibles pero sí profundamente humanos. Sentida, íntima, sutil y respetuosa. Look What They’re Done to my Song.

Los caminos de Juan José «Niño Josele» Heredia, maestro de la guitarra española, y Fernando Trueba se habían cruzado ya en la producción de discos como Lágrimas negras, Paz o Española. Conociendo la querencia del cineasta por lo musical, era cuestión de tiempo que confluyeran en una película. Más que un documental al uso como Calle 54 o El milagro de Candeal, Bajañí es una colección de directos sin artificio ni intermediarios en los que las cuerdas flamencas de Niño Josele se fusionan con el jazz y la música brasileña que apadrinan leyendas como Ron Carter, Rubén Blades, Kenny Barron o Caetano Veloso. De tener que escoger uno, la sesión con Marisa Monte sobre Río de Janeiro. Todo un disfrute para melómanos, más o menos cafeteros. Sin desmerecer la idea de que el Zinemaldi proyecte caramelitos musicales como este -otro nivel en una sala de cine- me sale una lagrimita al imaginarla en el tristemente desaparecido Dock Of The Bay.

Que las reuniones familiares las carga el diablo es algo que sabe cualquiera que haya tenido que acudir a desgana a una cena de Navidad. No digamos ya si, como sucede en El mal padre, el anfitrión es un señor desaparecido en combate que decide regresar a la vida de sus hijos con una bomba debajo del brazo. Roberto Bueso cuenta aquí una historia que transita por lugares demasiado vistos, mucho peor, sin terminar de aclarar por dónde quiere circular, entre ajustes de cuentas, dardos envenenados, humor negro, destellos de nostalgia y revisión de un pasado cuyos ideales han sido sustituidos por la amargura. Si la mezcla convence es gracias a los actores Adam Jezierski, Francesco Carril y Meritxell Calvo, distintas caras del trauma heredado, pero especialmente un Eduard Fernández descomunal como mefistofélico e irredento pater familias, verdadero reclamo de esta dramedia en la que funcionan mucho mejor las risas que el llanto.

22 DE SEPTIEMBRE
A sus 83 años el británico Mike Leigh ha decidido poner fin a su carrera con una película que certifica que sigue siendo el cineasta de la dignidad humana. En Tender Loving Care lo hace retratando a dos educadoras sociales -maravillosas Kate O’Flynn y Alice Bailey Johnson- cercanas a la cuarentena que deben lidiar con frustraciones laborales, desengaños amorosos y cuidados familiares. Quiere tanto el director a esos personajes que consigue trasmitirlo al espectador y tal es la intimidad de su cámara que a uno le gustaría meterse en la pantalla, abrazar a esas mujeres y abrirse una botella de vino en pijama en el salón de su casa. Para los que rondamos la edad de las protagonistas, es también un trabajo que trata sobre la necesidad de tejer redes solidarias y construir familias elegidas en tiempos solitarios. Triste, divertida y esperanzadora. Qué hermoso despedirse con una película que invita a creer en la gente. Se dice pronto.

Knut Hamsun obtuvo el Nobel de Literatura en 1920 con Growth of the Soil, novela que ahora ha llevado a la pantalla Hans Petter Moland. El cineasta cuenta esta historia de supervivencia sin épica ambientada a comienzos del Siglo XX en la Noruega más inhóspita desde el encuentro de dos seres casi salvajes cuyo camino está plagado de piedras peores que las condiciones climáticas, la más grande, el choque entre un mundo primitivo, individualista y libertario, y la llegada de una civilización tecnológica a la que uno debe adaptarse o morir. Están fantásticos Herbert Nordrum y una irreconocible Asta Kamma August de labio leporino, pero Moland confía gran parte de este relato al paisaje. El resultado es una película río con alma de western de colonos que, a través de una sobria, por momentos muda y rigurosa puesta en escena en 4:3 de espectacular fotografía, cumple a rajatabla con eso de dejar la narración al poder de la imagen. Estupenda.

El cine turco se ha convertido en un habitual del circuito de festivales gracias a nombres como los de Nuri Bilge Ceylan, Zeki Demirkubuz, Semih Kaplanoğlu y en menor medida Yeşim Ustaoğlu. En Artakalan, la directora de La Caja de Pandora cuenta una historia que comienza como radiografía de un matrimonio de artistas en crisis para terminar convertida en una road movie que habla de cómo a veces uno necesita volver a sus orígenes para encontrarse a sí mismo. Como no, con los paisajes como escenario de reflexión, desde esa Estambul nocturna a un mundo rural detenido en el tiempo. Interesa la historia de Okyu Karayel como madre en busca de libertad pero no tanto la de Metin Akdulger como padre sin respuestas. Su estructura partida, su slow cinema, sus silencios, su poesía y sus acuarelas sonoras se hacen un poquito-bastante cuesta arriba. Lo que queda, cuando ya no queda nada, somos nosotros. Salía mejor ir al psicólogo.

David Ayer vendría a ser producto de ese Hollywood testosterónico que tanto pegaba en los noventa. En Heart of the Beast, el director ha vuelto a aliarse con Brad Pitt -mucho mejor actor de lo que muchos piensan y a la vez superestrella que todo lo puede- para contar la historia de un ex-soldado y su perro de combate perdidos en la inmensidad salvaje de Alaska tras un accidente de avión. El resultado es un entretenido survival de aventuras a la vieja usanza que da lo que promete pero tampoco está exento de problemas. Para empezar, una narración entendida como fases de un videojuego lleno de enemigos hechos con un CGI bastante mejorable. Pero aunque el pasado de David Ayer no nos sea ajeno, lo que termina lastrando a esta película es el innecesario tufillo militarista que despide. Mejor un talibán muerto que un caniche americano herido. Como diría @Labekoa, es la película que quiere ser. Lo mejor, el perro.

En 2023 Juan Antonio Bayona rescató la historia del Milagro de los Andes en un film cuyo drama destacaba por su enfoque introspectivo. Se le quedaron muchas cosas en el tintero que ahora expande Más allá de la sociedad, exhaustiva serie documental que explora todas las derivadas de aquél suceso desde el momento posterior al rescate: históricas, sentimentales, literarias, familiares e incluso cinematográficas, del propio rodaje y otros precedentes como el film de Frank Marshall o su atroz exploitation caníbal. Son tantas que, a ratos, parece que estemos viendo distintos documentales. Lejos de quedarse en un simple making-of o complemento de La sociedad de las nieves e incidiendo especialmente en la separación invisible entre quienes sobrevivieron y quienes se quedaron en la montaña con admirable respeto y corazón, Carlos Torres y el propio Bayona se las ingenian para que estos hechos sigan fascinando más de 50 años después.

23 DE SEPTIEMBRE
Tras Cuando termines de salvar el mundo y A Real Pain, Jesse Eisenberg sigue explorando su faceta como guionista y director en The Debut. No cuesta imaginárselo en los inicios de su carrera actoral -y por ahí sale- en esta historia sobre un ama de casa ninguneada a la que seleccionan para estrenarse en una pequeña obra de teatro musical. A estas alturas no debería sorprendernos, pero Julianne Moore deslumbra en un papel tan descacharrante e ingenuo como desquiciado, directa a cualquier carrera de premios mientras levanta aplausos en la sala. De la representación a una realidad indisolubles, tampoco es casual que en un momento de la película se cuele un poster de la Noche de estreno de John Cassavetes. Y es que The Debut no solo es divertidísima. Eisenberg es sumamente inteligente cuando consigue meterle a su alocada comedia toda una lectura sobre las máscaras de los actores y los personajes que interpretan.

Pocos debuts recientes tan espectaculares como el de Jordan Firstman en Club Kid, guionista, actor y director de esta inesperada comedia indie sobre un promotor de fiestas gay en caída libre al que encasquetan un hijo de diez años cuya existencia desconocía. Podría ser la premisa de un telefilm de tarde si no fuese porque está rodada en unos estupendos 35mm y se desarrolla en una escena queer underground de Nueva York llena de personajazos, mundo al que la película se lanza sin tapujos para revelar que debajo de toneladas de chistes escatológicos, adultos disfuncionales, música electrónica, resacas y rayas de coca hay todo un subsuelo de vulnerabilidades. Y es que Firstman consigue algo tan difícil como que una versión de Un papá genial pasada de drogas sea, al mismo tiempo, una comedia tronchante y un drama que desarma el corazón. De la euforia al llanto, como un chute de keta. Apunta a bombazo.

Me dicen por el pinganillo que en uno de los pases de Burundanga José Corbacho pedía perdón al público antes de la proyección, defendiendo la existencia de películas malas en el Festival. Somos fans de las malas películas pero no de aquellas aburridas. Y si hablamos de un terreno tan complicado y personal como el de la comedia, que tampoco tengan gracia tiene delito. Es lo que le pasa a esta historia de enredos y relaciones amorosas a la que le vendría bien ponerse salvaje en vez de recordar a un mal sketch de Vaya Semanita. Seguramente el principal problema esté en el origen teatral del guión pero… ¿chistes de etarras, travestis, bomberos y saunas gays en 2026? Cuesta encontrar una propuesta tan trasnochada y, lo que es peor, blanquita como esta. Tendrá su público, supongo, aunque no seamos nosotros. Corbacho, exigimos que te disuelvas y entregues las armas. Ni perdón ni olvido. Ya tocaba decirlo: ¿Por qué, Rebor? ¡¿Por qué?!

Hace unas cuantas ediciones, Mikel Gurrea se estrenaba en Sección Oficial con Suro, la historia de una pareja cuyas convicciones morales explotan frente a la aplastante realidad del capitalismo. Se le da muy bien al donostiarra eso de imaginar mundos propios para hablar de realidades sociales, en Sants, el de una tribu de ladrones de figuras religiosas con alma de asociación de barrio en la que una cleptómana se introduce entre la necesidad y la fascinación. El resultado es un film único perdido entre thriller de atracos, drama familiar y una mística rayana en lo fantástico. Es una pena que este universo misterioso no se desarrolle a fondo y acumule huecos de guión sin alcanzar un final concreto, porque la atmósfera que crea es única. Mención especial merecen las actrices. Tanto Victoria Luengo como Ariadna Gil están estupendas, aunque nos quedemos con la inquietante presencia de Eulàlia Ramón. Siendo fallida, tiene algo especial.

Si en R.M.N. Cristian Mungiu le tomaba la matricula a su país de origen, aquél film apuntaba ya a una Europa polarizada. Como reflejo de todo ello, Fjord planta en los fiordos a una familia rumano-noruega cuya ideología choca con ese buenismo de cartón del que alardean los países (más) desarrollados. De un lado, el matrimonio formado por Renate Reinsve y Sebastian Stan, religiosos hasta el cansancio con metodología educativa de azote preventivo. De otro, un pueblo acogedor en sus formas, que no en el fondo. Como ocurría en Los domingos, Fjord plantea al espectador un debate moral irresoluble con diversas cargas de profundidad: la guerra cultural, la intolerancia, el wokismo, los prejuicios, la intromisión del Estado en la vida privada, la integración aparente o el racismo soterrado. Ambigua, inteligente, incómoda y abiertamente cabrona. Que nadie se engañe, porque Mungiu no hace prisioneros. Tiene para todos.

24 DE SEPTIEMBRE
El Festival sigue apostando por la presencia de mujeres a concurso con 7h40 ce matin-là (Milo), de la veterana Nicole Garcia, relato sobre una forastera de pasado incógnito que se instala en una pequeña ciudad de provincias. Les gusta mucho a los franceses eso de confrontar vidas privadas y clases sociales pero aunque este guión tiene suficientes puntos de agarre para tirar por ahí, sus intenciones son otras, como tampoco quiere esta historia transitar por sus esquinas de film de misterio o thriller criminal. El resultado se estanca en un melodrama familiar falto de sal y algo deslavazado sobre el paso del tiempo y sus cicatrices. Se nota el pasado actoral de Garcia tras la cámara, que trabajó con muchos de los grandes cineastas de su tiempo, y si esta propuesta sube puntos es precisamente gracias a la interpretación contenida de esa Marion Cotillard en busca de un perdón que sabe no merece. Tan aséptica y correcta como olvidable.

Las Fuerzas de Defensa de Israel denominan Naza al número de víctimas civiles considerado “aceptable” cuando llevan a cabo un bombardeo, daños colaterales presentados como inevitables y necesarios. Los cineastas Yuval Abraham y Rachel Szor indagan en esta idea a través de una serie de entrevistas anónimas a militares cuyas voces y rostros distorsionan, revelando todo un protocolo de muerte planificada, algoritmos de destrucción a distancia diseñados por una IA sin sentimientos mediante los que el ejecutor se limita a apretar un botón. Pero a diferencia de la representación del horror que Joshua Oppenheimer exploraba en The Act of Killing dando voz a los malvados, lo que más estremece en los testimonios de Naza es la deshumanización absoluta de quienes hablan de un genocidio perpetrado en directo como del diseño de una carretera. Cine clandestino. Cine de urgencia. Cine necesario. Tan rotunda que no cabe más que decir.

Los primeros minutos de Josephine son demoledores: una niña de ocho años presencia la violación de una mujer a plena luz del día. Desde este evento cataclísmico, la directora Beth de Araújo va explorando las consecuencias de un trauma infantil con una valiente combinación de crudeza y empatía que nunca cae en la sordidez, utilizando lo subjetivo con una cámara a ras de suelo que en ocasiones roza el terror psicológico. Si Channing Tatum y Gemma Chan cumplen como padres perdidos a la hora de orientar a su hija en un mundo plagado de monstruos sin nombre -¿acaso es eso posible?-, la actuación de la pequeña Mason Reeves sosteniendo la película es alucinante. Porque esta historia es, en definitiva, la historia del fantasma que anida en cualquier mente femenina, miedos heredados que todos nosotros perpetuamos en mayor o menor medida con nuestras acciones. Hasta que alguien decida sacar la tijera. Muy potente.

España es el primer país de Europa y tercero del mundo en lo que al consumo de prostitución se refiere. Es solo uno de los datos incontestables que cierran cada capítulo de la miniserie El castillo (Movistar Plus+), en la que confluyen las historias de una trabajadora sexual explotada por una banda de mafiosos nacionales sin escrúpulos y una investigación policial a la caza de tratantes de blancas. Isabel Peña, Eduardo Villanueva, Elena Martín Gimeno y Sandra Romero las cuentan como un thriller vibrante, capitaneado por el tour de force interpretativo de un Raúl Arévalo irreconocible como repulsivo y cínico proxeneta. Qué duda cabe, este trabajo también funciona como denuncia de un mundo que existe a ojos vistas en la medida en que nuestra sociedad mira para otro lado. Un año más, tras Antidisturbios, La Mesías, Querer o Anatomía de un instante, las series españolas siguen a un grandísimo nivel. Las cinco horas del tirón.

25 DE SEPTIEMBRE
Que Martin McDonagh es uno de los mejores cuentistas del cine actual lo certifica Wild Horse Nine, historia de dos agentes de la CIA de vacaciones en la Isla de Pascua en los días previos al golpe de estado de Pinochet. Pocas veces el término “crepuscular” se ha ajustado tan bien a una película como esta, construida a golpe de comedia negra subversiva e ironía política pero también -y sobre todo- melancólica elegía a la amistad. Son personajes abocados a abandonar un mundo en el que ya no son necesarios como la silueta de Ethan Edwards recortada ante el paisaje de Monument Valley cerraba Centauros del desierto, de la que Wild Horse Nine hereda su alma de western existencialista. Pero este guión redondo tampoco podría funcionar sin las interpretaciones de unos John Malkovich y Sam Rockwell de Óscar como esos vaqueros que se despiden en el final del mundo, agotada toda ideología, todo sueño y toda esperanza. Tremenda.

Tras muchas conjeturas, la película sorpresa del Festival ha resultado ser Ink, de Danny Boyle. Como si de un Lobo de Wall Street periodístico se tratase, el británico viaja a la década de los sesenta para contar los orígenes del tabloide sensacionalista The Sun con un ritmo envidiable. Tan plagado de datos, personajes, tipografías, planos girados y montaje de montaña rusa a ritmo musical marca de la casa que a ratos resulta mareante. Funciona mejor el duelo interpretativo entre Jack O’Connell y Guy Pearce como editor y magnate hambrientos de dinero, fama y poder. Y aunque el frenetismo de esta película, tan irregular como interesante, no case del todo con la solemnidad de un film sobre ética periodística, Boyle deja bien claro que aquellos titulares engañosos y noticias al servicio del morbo no difieren apenas de las fake news y clickbaits actuales, distintos nombres para el poder de unos mismos medios de influencia. Que se lo digan a Pedro J. o a Inda.

Cerramos la Sección Oficial a concurso con Vicentina pede desculpas, que arranca con un terrible accidente de tráfico sin explicación aparente. A modo de expiación, la anciana madre del conductor fallecido emprende un peculiar vía crucis para disculparse en persona de todas y cada una de las víctimas y sus familias. Sobre esta idea, el brasileño Gabriel Martins construye un film que habla de la culpa, el duelo, la empatía y el perdón, la necesidad de compartir el dolor propio y ajeno hasta confundirlos como único consuelo posible. De este peregrinaje concebido casi como una road movie social por esa Belo Horizonte de la desigualdad en el que la ciudad es otro personaje más, conmueve especialmente la interpretación protagonista de la actriz Rejane Faria, honda, compasiva y silenciosa. Es una lástima que sus 148 minutos de duración repetidos terminen lastrando tanto la película. Y es que Vicentina pide disculpas muchas veces. Por no decir demasiadas.

Durante la ocupación alemana de Bélgica, los nazis secuestraron el periódico Le Soir para utilizarlo como arma de propaganda, ocasión que la resistencia aprovechó para orquestar un plan de sabotaje que se ha venido a considerar como el primer hackeo mediático de la historia. En Le Faux Soir el director Michaël R. Roskam cuenta estos increíbles hechos reales en un film construido como una película de atracos, con sus reclutamientos, planificaciones escalonadas, puestas en riesgo y soluciones de último minuto. Es una estructura de thriller que después barniza con una ligereza propia de la caricatura, alivios cómicos que no casan en absoluto con el tono que requiere una historia como esta, diluyendo la tensión y desmereciendo de paso el carisma de un casting francófono de primera línea con gente como Arieh Worthalter, Françoise Damiens, Mélanie Thierry, Mara Taquin o Boli Laners. Sin estar mal del todo, se siente el cartón piedra.

Que tenemos mitificados los ochenta es un hecho, igual que el cine viene exprimiendo una nostalgia impostada de décadas pasadas. Consiguen evitar ese cliché Olivier Nakache y Éric Toledano en Juste une illusion cuando retratan a su clase media compuesta por matrimonio en crisis y hermanos en bronca continua, aunque el peso narrativo lo lleve el coming-of-age del chaval protagonista, abrumado por despertares sexuales, primeros amores y compromisos religiosos. Todos los actores, Louis Garrel, Pierre Lottin y los juveniles Simon Boublil y Alexis Rosenstiehl, están geniales pero hay que quedarse con Camille Cottin bailando al ritmo de las Pointer Sisters en la que es una de las escenas del año. Haciendo honor al título de la película como a aquello del que éramos felices y no lo sabíamos, Nakache y Toledano firman una divertidísima, deliciosa y melancólica comedia al pasado sobre una familia -y una Francia- unida en la diversidad y la discordia.

26 DE SEPTIEMBRE
Con tremendas credenciales se presentaba Louis Clichy, que había trabajado para Pixar antes de estrenarse en el largometraje con Le Corset, relato ambientado en la Francia de los ochenta sobre un chaval de campo al que colocan un corsé metálico para enderezar su columna al tiempo que se desmorona la granja de sus padres. Y más que de Pixar, tiene mucho este trabajo del Studio Ghibli y el maestro Isao Takahata, en su coming-of-age rural, su nostalgia familiar, sus fugas oníricas musicales y su dibujo en acuarela minimalista, ecos de films como Mis vecinos los Yamada, Recuerdos del ayer e incluso Susurros del corazón que Clichy lleva a su terreno. Que la historia esté basada en las propias vivencias del director, convirtiéndola casi en un cuaderno de dibujos de infancia rescatado del desván, y su hijo ponga voz al protagonista no hace sino añadir capas adicionales a esta preciosa película. De esas que calientan el corazón.

A sus setenta y tres años, Nanni Moretti tiene edad suficiente como para poder rodar las historias que le de la gana. Y a juzgar por su última película, uno diría que está enamorado como a los veinte. Succederà questa notte nos presenta a un Louis Garrel fascinado a través de los años por la belleza de Jasmine Trinca, deseo que termina a la fuerza en romance agarrao. Algunos opinarán que no se reconoce al cineasta italiano en la melancolía de este film con una maravillosa banda sonora de Alberto Iglesias y otro de los momentos musicales coreografiados de la temporada a cargo de los Rolling. Pero tampoco están tan lejos sus desencantos políticos sentimentales de lo que esta película dice sobre el destino y las oportunidades del amor en las coordenadas espacio-tiempo. Sí, se le podrá achacar cierta cursilería al abandono de esos personajes que parecen haber sido arrancados de la realidad por una fuerza superior. Otros dirán incluso que pollavieja. Pero yo compro.

Aunque nunca llegó a hacerse realidad, Groucho Marx declaró que un buen epitafio para su tumba sería: “disculpen que no me levante”. Nos viene a explicar que para algunos es casi más importante cómo marcharse y ser recordado que estar en el mundo. Algo de eso cuenta el donostiarra Koldo Almandoz en Azken Agurra, dibujando el retrato de un organizador de funerales civiles en caída libre más muerto en vida que sus propios clientes, antihéroe de pocas luces y bastantes sombras al que encarna un admirable Iñigo Azpitarte y acompaña la debutante Izaro Nieto. No debería pasar desapercibida la originalidad de esta película, porque tiene mérito hablar de existencialismo y masculinidades de mediana edad atragantadas a través de una caústica comedia negra de pompas fúnebres y perdedores grises. Si ellos dicen After Life de Kore-eda, yo añado al obituario un Okuribito de Yojiro Takita rodado por Kaurismäki.

Rubén Santantonín fue un artista de la vanguardia argentina de los años sesenta vinculado a la Generación del Instituto Di Tella, personaje sobre el que parece orbitar de partida El fantasma. Y es que el director Ignacio Masllorens junto con el también artista David Lamelas rescatan del olvido aquella figura maldita a través de una propuesta tan interesante en su fondo como en su forma, que se construye y muta en artefacto fílmico a medida que rueda, del documental de encargo al falso documental, del narrador al sujeto de estudio, o del cine dentro del cine al ensayo sobre el paso del tiempo y las fricciones de las que nace la creación artística. Suena mucho más complejo de lo que es, porque tratan de hacerlo siempre desde la cercanía e incluso el humor. Una película inclasificable fuera de cualquier radar que, de paso, nos abre la puerta a toda una constelación de nombres y obras. Se entiende mejor que los carteles de las exposiciones de Tabakalera.

Terminamos el Festival con Possible Love, la esperadísima película del maestro Lee Chang-dong. A un lado, una directora que trabaja en un documental sobre el cierre violento de una fábrica. Al otro, un matrimonio de trabajadores traumatizados. Y entre ellos, un mundo. Como ya hiciera en Burning, el coreano cuece a fuego lento un film envenenado sobre el abismo entre clases sociales, aquí, un complejísimo, sutil y monumental drama psicológico que plantea infinidad de dilemas, desde la legitimidad de unos para ponerse en la piel de otros hasta la fatalidad de una clase obrera condenada por su propia poesía solidaria, pasando por la fantasía del ascensor social que nos han querido vender los poderosos. Porque observar a través de una cámara no es igual que mirar a los ojos y el sueño del capitalismo siempre produce monstruos. Como ocurre en este film, incluso vampiros sentimentales. Como decían en Parásitos: aquí huele a pobre.

Premios Flipesci
Flipesci Zinemaldia: Growth of the Soil
Flipesci Perlak: Tangles
Flipesci Zabaltegi: Possible Love
Flipesci New Directors: Esta soledad / The World Before
Flipesci Horizontes Latinos: La ilusión de un verano sin fin
Mi TOP del #74SSIFF:
1.- Club Kid
2.- Fjord
3.- Wild Horse Nine
4.- Possible Love
5.- Tender Loving Care
6.- Minotaur
7.- Tangles
8.- Krux
9.- La bola negra
10.- Josephine
11.- Le Corset
12.- In My Father’s Room
13.- Growth of the Soil
14.- The Debut
15.- Coward
Sin desmerecer: Hope; The Man I Love; NAZA; El castillo; Juste une illusion; Fatherland; The Invite; 5 minutos más; Karateka; Mis muertos tristes; Ink; Succederà questa notte; Glaxo; Les misérables; Bajañí.
Textos: @Fer_Iradier / @javivoland
Fotos: @javivoland











































